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La estrella bajo el manto – Nora

Nadie se movió.

El gran salón permaneció congelado bajo las lámparas de araña.

El joven miembro de la familia real miró el colgante como si se hubiera convertido en algo peligroso.

El viejo dignatario no apartó la mirada de mí.

—¿De dónde lo sacaste? —preguntó de nuevo el joven miembro de la realeza.

—Me lo dio mi madre.

—¿Cuándo?

—Antes de morir.

Su mandíbula se tensó.

—¿Te dijo qué significaba?

—No.

El viejo dignatario cerró los ojos brevemente.

—Eso es exactamente lo que temía.

Los miré a ambos.

—Los dos saben algo.

Ninguno respondió.

Retrocedí.

—Si saben quién era mi madre, díganmelo.

El joven miembro de la realeza miró hacia los nobles reunidos.

—Aquí no.

—¿Por qué no?

—Porque hay personas en este salón que jamás deben escuchar esta conversación.

Un murmullo recorrió la sala.

El viejo dignatario se volvió hacia los guardias.

—Cierren las puertas.

Las enormes puertas se cerraron.

El sonido resonó por todo el salón.

De repente, comprendí que ya no era invisible.

Todos los nobles me observaban.

Todos los sirvientes habían dejado de trabajar.

Y la túnica que había llevado hasta allí se había vuelto, de algún modo, más importante que la propia ceremonia.

El joven miembro de la realeza se acercó a mí.

—Me llamo príncipe Mateo.

Había escuchado su nombre muchas veces.

Todo el reino lo conocía.

Era el hijo menor del rey.

Era conocido por aparecer junto a la familia real durante las ceremonias.

Pero nunca había imaginado que pudiera saber algo sobre mi madre.

Señaló la prenda.

—Esa túnica fue encargada hace veintiún años.

Bajé la mirada.

—Me dijeron que era para la ceremonia de hoy.

—Lo era.

—Entonces, ¿por qué está ese símbolo dentro?

Mateo miró al viejo dignatario.

El anciano finalmente habló.

—Porque nunca debió ser visto.

—Entonces, ¿por qué estaba allí?

—Porque alguien quería asegurarse de que sobreviviera.

Toqué la estrella de ocho puntas.

Me temblaban los dedos.

—¿Quién?

El anciano estudió mi rostro.

—Tu madre.

Contuve la respiración.

—¿Ella hizo esto?

—Ayudó a diseñarlo.

Lo miré fijamente.

—Mi madre era lavandera.

—No.

Su respuesta fue inmediata.

—Era mucho más que eso.

La habitación pareció encogerse a mi alrededor.

—Mi madre trabajaba en las cocinas del palacio.

—Esa era la identidad que le habían dado.

—¿Quién?

El viejo dignatario no respondió.

Mateo dio un paso adelante.

—Las personas que querían que fuera olvidada.

Un noble cerca del trono habló de repente.

—Esto es absurdo.

El viejo dignatario se volvió.

—Lord Valera, le sugiero que permanezca en silencio.

El noble palideció.

Aquella reacción me asustó más que sus palabras.

Mateo lo notó.

—Conoces ese nombre —dijo.

Asentí.

—Mi madre lo mencionó una vez.

La expresión del noble cambió.

—¿Qué dijo exactamente?

Recordé una tarde de invierno.

Mi madre estaba cosiendo junto a la ventana.

De repente, se había detenido.

Me dijo que nunca aceptara la amabilidad de hombres que llevaran anillos de plata.

Nunca había entendido por qué.

Ahora Lord Valera estaba frente a mí.

Un anillo de plata cubría su mano derecha.

Lo miré.

Él se dio cuenta.

Su rostro se endureció.

El viejo dignatario se interpuso entre nosotros.

—Lleven a Lord Valera a la cámara oeste.

Dos guardias se acercaron.

Valera se resistió.

—No pueden hacer esto.

—Sí puedo.

—No tiene autoridad.

El viejo dignatario sacó de su abrigo un pequeño sello real.

Los guardias dejaron de escuchar a Valera.

Se lo llevaron.

El salón permaneció en silencio.

Miré el sello.

—¿Quién es usted?

El anciano me dedicó una sonrisa cansada.

—Soy Don Esteban.

—¿Cuál es su cargo?

—Guardián de los Archivos Reales.

Fruncí el ceño.

—Creía que los archivos reales estaban cerrados.

—Lo están desde hace veinte años.

—¿Por qué?

—Porque algunos documentos que estaban dentro nunca debieron desaparecer.

Mateo lo miró.

—Esteban.

—Lo sé.

El viejo archivista se volvió hacia la túnica.

—Tráiganla aquí.

Un sirviente se acercó nerviosamente.

Esteban examinó cuidadosamente la prenda.

Pasó los dedos por el borde bordado.

Entonces encontró otra costura.

—Ahí.

Señaló una sección debajo del cuello.

Mateo abrió cuidadosamente las puntadas.

Un pequeño trozo de pergamino cayó sobre su palma.

Lo miré fijamente.

—¿Qué es eso?

Esteban lo desplegó.

Su expresión cambió.

—Es un registro de nacimiento.

Mi corazón se detuvo.

—¿De quién?

Me miró.

—Tuyo.

Nadie habló.

Solté una pequeña risa porque la alternativa era gritar.

—Eso es imposible.

Esteban negó con la cabeza.

—No.

—Nací en un pueblo.

—Eso dice el registro oficial.

—Mi madre me crió allí.

—Sí.

—Mi padre era carpintero del pueblo.

—Eso dice el registro oficial.

Miré a Mateo.

—¿Qué dice el registro verdadero?

Esteban desplegó completamente el pergamino.

—Naciste dentro de este palacio.

El mundo pareció inclinarse.

—No.

—Tu madre te dio a luz aquí.

—¿Cuándo?

—Hace veinte años.

Mi mano fue hacia el colgante bajo mi cuello.

Veinte años.

El número exacto.

Miré nuevamente la estrella.

—¿Qué significa?

Esteban señaló sus ocho puntas.

—Pertenecía a la Casa de Aurelia.

Nunca había oído ese nombre.

Mateo sí.

Su expresión se oscureció.

—La rama real extinta.

—¿Extinta?

Esteban asintió.

—La Casa de Aurelia desapareció hace veinte años.

—¿Por qué?

—Porque todos creían que su último heredero había muerto.

Lo miré fijamente.

—¿Quién era el heredero?

No respondió inmediatamente.

Mateo pronunció las palabras en voz baja.

—Tú.

No podía respirar.

—No.

—Eres la última descendiente de la reina Isabel de Aurelia.

—Esa reina murió antes de que yo naciera.

—Su hija desapareció antes de que el reino pudiera confirmar su muerte.

Negué con la cabeza.

—¿Mi madre?

Esteban asintió.

—Tu madre era la princesa Elena.

El nombre no significaba nada para mí.

Entonces algo cambió dentro de mi memoria.

Mi madre nunca me había permitido llamarla por su nombre completo.

Siempre decía:

—Los nombres pueden convertirse en jaulas.

Lo recordé de repente.

Yo tenía siete años.

Le había preguntado por qué nuestros vecinos la llamaban Elena mientras ella se hacía llamar Mara.

Parecía aterrorizada.

—Nunca vuelvas a repetir ese nombre fuera de esta casa.

Yo había obedecido.

Durante trece años, nunca volví a preguntar.

Ahora el viejo archivista me decía que Elena había sido una princesa.

Miré a Mateo.

—¿Por qué nadie me lo contó?

—Porque alguien ordenó cambiar los registros.

—¿Quién?

El rostro de Esteban se volvió sombrío.

—Eso es lo que hemos estado intentando descubrir.

Mateo se volvió hacia los nobles.

—Todos creían que la línea de Aurelia había terminado.

—Pero no fue así.

—No.

Miré la túnica.

—Entonces, ¿por qué estaba escondida aquí la estrella?

Esteban levantó cuidadosamente la prenda.

—Porque tu madre la colocó allí.

—¿Por qué?

—Para asegurarse de que alguien te reconociera.

—¿Alguien como usted?

—Alguien que recordara.

Tragué saliva.

—Pero si sabía que yo era de sangre real, ¿por qué me escondió?

Esteban miró hacia las puertas cerradas.

—Porque la última vez que vieron a tu madre dentro de este palacio, murieron tres personas.

La habitación se volvió más fría.

—¿Quiénes?

—Dos guardias reales.

—¿Y la tercera?

—Una mujer que llevaba a un recién nacido.

Mis rodillas se debilitaron.

—¿Se refiere a mi madre?

—No.

Hizo una pausa.

—La mujer era la amiga más cercana de tu madre.

Mateo lo miró fijamente.

—Ella ayudó a Elena a escapar.

Miré al viejo archivista.

—¿Escapar de qué?

—Del consejo de coronación.

Nunca había escuchado esas palabras juntas.

—¿Qué quería el consejo?

—Querían declarar ilegítima a tu madre.

—¿Por qué?

—Porque poseía un derecho que amenazaba a la actual línea real.

La expresión de Mateo se endureció.

—La familia de mi padre.

Esteban asintió.

—El trono debía pasar por Elena.

Miré fijamente a Mateo.

—Entonces, ¿cómo se convirtió tu familia en la familia real?

—Porque la sucesión fue cambiada.

—¿Por quién?

—Por el consejo.

—¿Y mi madre?

—Se negó a renunciar.

Mis dedos se cerraron alrededor del colgante.

—¿Qué ocurrió después de que escapara?

—Desapareció.

—Conmigo.

—Sí.

—Y todos creyeron que estábamos muertas.

—Sí.

Miré hacia el trono.

El rey no estaba presente.

Su silla vacía parecía de repente más aterradora que una persona.

—¿El rey lo sabe?

Mateo no respondió.

Esteban sí.

—No todo.

—¿Por qué?

—Porque las personas que alteraron la sucesión siguen vivas.

Sentí que la ira reemplazaba al miedo.

—¿Quiere decir que están dentro de este palacio?

—Sí.

—¿Cuántas?

—No lo sabemos.

Un sonido agudo llegó desde el pasillo.

Todos se volvieron.

Las puertas se abrieron.

Lord Valera regresó.

Ya no estaba siendo escoltado.

Detrás de él estaba el capitán de la guardia real.

Mi estómago se contrajo.

El capitán me miró.

Luego miró la túnica.

Después el colgante.

Desenvainó su espada.

—Por orden del Consejo de la Corona, la muchacha será detenida.

Mateo se colocó delante de mí.

—No.

El capitán se detuvo.

—Alteza, apártese.

—He dicho que no.

—Esto no le concierne.

—Ella lleva la marca de Aurelia.

—Precisamente por eso debe ser detenida.

El salón estalló en murmullos.

Esteban se colocó junto a Mateo.

—Capitán, usted sabe lo que significa.

—Sí.

—Entonces sabe que esta orden es ilegal.

Los ojos del capitán se endurecieron.

—El consejo ya ha dictado sentencia.

—Hace veinte años.

—Y la sentencia sigue vigente.

Mateo me miró.

—Corre.

Me quedé paralizada.

—¿Qué?

—Vete.

—¿Adónde?

Esteban me agarró del brazo.

—Hay un antiguo pasadizo de sirvientes detrás de la capilla.

Mateo se volvió hacia los guardias.

—Yo los detendré.

Lo miré.

—¿Me estás ayudando?

—No te conozco.

—Entonces, ¿por qué?

Miró la estrella.

—Porque mi madre me dijo una vez que, si la estrella de ocho puntas regresaba alguna vez, debía proteger a quien la llevara.

Contuve la respiración.

—¿Tu madre conocía a la mía?

—Sí.

—¿Quién es tu madre?

Mateo dudó.

—La antigua reina.

De repente, todo tuvo sentido.

Mi madre no se había estado escondiendo simplemente de la familia real.

Me había estado escondiendo de un conflicto real.

Esteban tiró de mí hacia el corredor lateral.

Nos movimos rápidamente.

El gran salón desapareció detrás de nosotros.

Pasamos junto a sirvientes que nos miraban sin hablar.

En la capilla, Esteban apartó un panel de madera.

Apareció una escalera estrecha.

Lo seguí hacia abajo.

El pasadizo olía a polvo y piedra.

—¿Adónde conduce?

—A los antiguos jardines.

—¿Y después?

—Hay un carruaje esperando.

—¿Para mí?

—Para cualquiera que tu madre quisiera salvar.

Me detuve.

—¿Qué significa eso?

Esteban se volvió.

—Tu madre se preparó para este día.

—¿Cómo?

—Dejó instrucciones.

—¿Dónde?

Metió la mano dentro de su abrigo.

En lugar de una carta, sacó una pequeña llave de latón.

Reconocí inmediatamente su forma.

Coincidía con el símbolo de mi colgante.

—¿Esto abre algo?

—Sí.

—¿Qué?

—La guardería real.

Lo miré fijamente.

—Aquí no ha habido una guardería real durante veinte años.

—Exactamente.

Continuamos bajando.

Al final había una puerta de hierro.

Esteban introdujo la llave.

La cerradura se abrió.

Más allá había una cámara subterránea olvidada.

El polvo cubría todo.

Pero un objeto permanecía intacto.

Una pequeña cuna de madera.

Dejé de respirar.

Junto a ella había una pintura descolorida.

Una joven sostenía a un recién nacido.

Reconocí inmediatamente a la mujer.

Mi madre.

Pero llevaba un vestido real.

Y junto a ella estaba otra mujer.

La antigua reina.

La madre de Mateo.

Me acerqué.

Había algo escrito debajo de la pintura.

Una sola frase.

—La niña jamás debe heredar un trono construido sobre una mentira.

Toqué el marco.

—¿Por qué escribiría esto mi madre?

Esteban me miró.

—Porque no quería que te convirtieras en reina.

Me volví.

—¿Qué?

—Quería que tuvieras una vida.

—Entonces, ¿por qué revelarme ahora?

—Porque las personas que destruyeron a tu familia están intentando borrar la última prueba.

—¿Qué prueba?

Esteban señaló la cuna.

Dentro había una pequeña caja de madera.

Me temblaban las manos cuando la abrí.

No había oro.

Ni corona.

Ni joyas.

Solo una colección de cartas atadas con una cinta azul.

Reconocí la letra de mi madre.

Levanté la primera carta.

La fecha era de veinte años atrás.

Las palabras estaban dirigidas a mí.

—Hija mía, si estás leyendo esto, alguien finalmente ha encontrado la estrella.

Apenas podía continuar.

—No oculté tu identidad porque me avergonzara de ella.

—La oculté porque la corona se había vuelto peligrosa.

—Quiero que sepas que nunca te abandoné.

—Te protegí.

Una lágrima cayó sobre la página.

La siguiente frase lo cambió todo.

—Pero la protección no puede durar para siempre.

Miré a Esteban.

Él no dijo nada.

Continué.

—El día que la estrella regrese al palacio, la verdad debe regresar con ella.

Mis dedos se cerraron con fuerza alrededor del papel.

—La persona que ordenó mi desaparición todavía está cerca del trono.

Levanté la mirada.

—¿Quién?

El rostro de Esteban estaba sombrío.

—Tenemos que leer las cartas restantes.

Abrí la segunda.

Apareció una lista de nombres.

Algunos pertenecían a nobles que había visto en el gran salón.

Otros pertenecían a jueces.

Otros, a consejeros reales.

Al final había un último nombre.

Lo reconocí inmediatamente.

Sentí que la sangre se me helaba.

—Lord Valera.

Esteban asintió.

—Estuvo allí hace veinte años.

—Conocía a mi madre.

—Ayudó al consejo a borrarla.

Miré fijamente la lista.

—Pero ¿por qué querría que me encontraran?

Esteban miró hacia el pasadizo.

—Porque no quiere la estrella.

—¿Qué quiere?

—A la persona que la lleva.

Entonces lo entendí.

Mi identidad no era simplemente una amenaza.

Yo era una prueba.

Si reclamaba públicamente el linaje de mi madre, la sucesión podía ser cuestionada.

El Consejo Real podía colapsar.

Y todos los relacionados con la antigua conspiración podían perderlo todo.

Una campana lejana sonó sobre nosotros.

Esteban cerró la caja.

—Saben dónde estamos.

—¿Cómo?

—La túnica.

Miré hacia abajo.

La prenda ceremonial de color burdeos todavía estaba entre mis brazos.

—La túnica era una señal.

—Sí.

—¿Quién la envió?

—Tu madre.

—Pero murió hace años.

Esteban me miró.

—No la túnica en sí.

Señaló el forro.

—Alguien dentro del palacio mantuvo vivas sus instrucciones.

Toqué la estrella escondida.

—¿Quién?

Antes de que pudiera responder, unos pasos resonaron por el pasadizo.

Alguien se acercaba.

Esteban apagó la lámpara.

Permanecimos en la oscuridad.

Los pasos se acercaron.

Entonces se detuvieron frente a la cámara.

Una voz masculina habló.

—Abre la puerta.

Esteban no se movió.

La voz volvió a hablar.

—Sé que está dentro.

La reconocí.

Lord Valera.

Mi mano se cerró alrededor del colgante.

La estrella presionó contra mi piel.

Durante veinte años la había llevado sin saber por qué.

Ahora lo entendía.

Nunca había sido una joya.

Había sido una promesa.

Una promesa de una madre que sabía que quizá nunca volvería a ver a su hija.

Los pasos se acercaron.

Valera habló suavemente.

—No tienes idea de cuánto te costará ese símbolo.

Di un paso adelante.

Esteban me agarró de la muñeca.

—No.

Miré la caja de madera.

Después la antigua pintura.

Luego la estrella alrededor de mi cuello.

Por primera vez en mi vida comprendí que estar escondida me había protegido.

Pero esconderme ya no era suficiente.

Abrí la puerta de la cámara.

Valera estaba afuera.

Su anillo de plata reflejó la tenue luz.

Me miró fijamente.

Durante un momento, ninguno de los dos habló.

Entonces sonrió.

—Deberías haberte quedado como sirvienta.

Lo miré directamente a los ojos.

—Mi madre nunca fue una sirvienta.

Su sonrisa desapareció.

—No.

Toqué la estrella de ocho puntas.

—Y yo tampoco.

Detrás de mí, Esteban levantó el antiguo sello real.

En algún lugar sobre nosotros, las campanas del palacio comenzaron a sonar.

La ceremonia había sido interrumpida.

La corte estaba esperando.

Y por primera vez en veinte años, el nombre olvidado de la Casa de Aurelia estaba a punto de pronunciarse en voz alta.

Pero antes de que eso ocurriera, necesitaba saber una cosa.

¿Por qué había escondido mi madre la última carta?

¿Y por qué había escrito sus últimas palabras debajo de una advertencia que me aterraba más que cualquier otra cosa?

Desdoblé la última página.

Solo quedaba una frase.

—No confíes en la persona que te devuelva al trono.

Me quedé mirando las palabras.

Entonces escuché pasos detrás de mí.

Mateo apareció al final del pasadizo.

Su rostro estaba pálido.

—Por favor —dijo.

Me volví hacia él.

—¿Qué?

—Tienes que irte antes de que mi padre te encuentre.

Miré a Esteban.

Después a Mateo.

Luego a la estrella.

Por primera vez, me pregunté si la persona que me había reconocido también era la persona sobre la que mi madre me había advertido.

Y de repente, el palacio ya no parecía el lugar donde habían descubierto mi identidad.

Parecía el lugar donde alguien había estado esperando que regresara.

 

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